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Los textos de este blog son propiedad de sus autores, los alumnos de segundo curso de ESO. Se autoriza su reproducción, siempre que los textos no sean manipulados, no se utilicen con fines comerciales y se cite a sus autores y su procedencia.






Diario personal de un estudiante triste

lunes, 8 de diciembre de 1943

Ayer, 7 de diciembre de 1943, es una fecha que nunca olvidaré, un día en el que gran parte de mi vida se halla bajo el mar.

Ayer fuerzas aéreas del Imperio de Japón atacaron mi lugar de origen y de toda mi querida familia. Me he quedado solo y muy entristecido al ver que mi única fuente de vida se fuera tras dejar un paisaje desolado, catastrófico, con muerte y con un recuerdo que aquí nunca olvidaremos.

Por mi familia, mi pueblo y mi patria, dejaré mis sueños que estaba a punto de hacer realidad y entraré en guerra y a la busca de la venganza de mi país. Ahora, ya que no tengo nada que perder, ni familia, ni casa y sin alguien que me quiera, solo mi país, le devolveré todo el buen servicio que él me ha dado a mí.

Puede que esta sea mi última página en este querido diario que tanto desahogo me ha concedido escribiendo las veces que la vida no me ha dado lo que quería, pero ella tampoco me ha preguntado nunca lo que quiero.

Dejaré el libro en mi taquilla de piloto desde donde estoy escribiendo aquí esta página y, si algún día vuelvo, espero encontrarlo.

Lo único bueno de la misión que he de cumplir es que voy a realizarla con mi antiguo compañero de colegio Troit.  Él siempre ha escuchado en mis problemas y yo  los suyos: es un buen amigo con el que he pasado muy buenos momentos, y ahora me satisfaría  realizar todo mi servicio en el ejército con él, aunque ya no tengo ilusiones por esta vida.

Oriol N. (2ªA)



DESANDANDO CAMINO EN LA OSCURIDAD

Me desperté de un sueño-caída, ésos en los que notas cómo caes al colchón al despertarte. Necesitaba ir al lavabo que, desafortunadamente, estaba en la otra punta de la mansión de mi abuela. Me da miedo la oscuridad, pero en esta mansión hay luz suficiente en los pasillos, gracias a las arañas que cuelgan del techo.

Recorrí todo el pasillo, bajé la escalinata en espiral, pasé por delante de la cocina y entré en el lavabo. Fuera caía una tormenta; cayó un rayo y la luz se fue; entonces me asaltaron mis temores.

Antes de salir del lavabo, oí un ruido: “shuuuuuuuuuuuu…”. Parecía la respiración de un animal gigantesco, ¡pero no!; era el sonido del depósito del retrete al rellenarse.

Al pasar por delante de la cocina, noté unos pasos muy raros: “tff, tff, tff”. Parecía alguien limpiando con una gamuza. ¿La mujer  de la limpieza fantasma? ¡pues no!; era el eco de mis zapatillas al pisar el suelo.

Subiendo por la escalinata, escuché unos “toc, toc, toc”. ¿No me estaría siguiendo alguien? Los ruidos los provocaba yo mismo, porque los escalones estaban algo sueltos y tocaban el suelo.

Finalmente, una vez en la cama, acomodado y calentito, me doy cuenta de que al otro lado de mi habitación… había otro lavabo.

Gorka P. (2ºA)

                               Todo por un reloj

Estaba sentado en el metro leyendo un periódico cuando me di cuenta de que mi reloj se había parado. Estaba cansado y empecé a pensar en lo poco que disfrutamos de la vida, veía a toda la gente corriendo para llegar a tiempo al trabajo, no perder su tren, no pasarse de parada… Todo el mundo va estresado, cuando hemos acabado la jornada ya estamos pensando en la siguiente. No nos paramos a saborear el presente, quizás porque es tan efímero que no podemos.

Un reloj parado significa para nosotros un descontrol del tiempo. Con la vida  pasa lo mismo, es como viajar en un tren cuyo destino ignoras, hay gente que te  acompaña en el viaje pero a veces se bajan en otra parada. Tenemos que aprender a  disfrutar el momento sin pensar en el tiempo o en el que dirán.

Ya había llegado a mi parada.

MARTIN & VILA  (2º A)

Bajo la luz del flexo la mosca se quedó quieta. Alargué con cuidado el dedo índice de la mano derecha. Poco antes de aplastarla se oyó…

Este es el comienzo de un cuento de Luis Mateo Díez.  Alárgalo para que tenga en total cien palabras.

LAS GALLINAS QUE ENTRAN POR LAS QUE VAN SALIENDO

¿Quién diría que la decisión de un hombre en un momento determinado puede ser vital?

Una larga mañana, después de estar en su huerta y dar de comer a sus gallinos, allí en un pueblo llamado Montiel, se acercó a un bar donde había dos menús: uno de 15 y otro de 6 euros. Eligió el de seis porque cada día estamos más picados con los cuartos.

-El menú de seis, por favor y, ¿ qué hay de primero?

-Lentejas, plato único – le respondió el camarero.

Se quedó muy sorprendido cuando el camarero le trajo una olla más grande que el sombrero de un picador.

El muchacho se puso hasta arriba de lentejas y encima se dejó un poco en la olla. Salió del bar y se dijo a sí mismo “sí señor, he comido bien“. Al cabo de diez minutos, yendo a la parada del autobús fue como si una excavadora le pasara por su  vientre y le partiese en dos. Directo a urgencias del hospital de Valdepeñas y encima tuvo que ir en autobús. Le recetaron medicamentos y una semana encerrado en su casa sin salir. Al final le costó: 5 euros el autobús,  9 euros la medicación  y calculó en tiempo perdido, euro, euro cincuenta, que debían haberse invertido en la sala de juegos de su vecino Juanito. Es decir, más o menos 15 euros en total.

Más le hubiera valido muchas veces coger el menú de quince y ahorrar menos.

“Las gallinas que entran por las que van saliendo”.

© Dani M. (2ºA)

Crimen perfecto

Crimen perfecto

Venecia, 1630.

Los estragos de la peste causan un paisaje catastrófico dejando a su paso miles de muertos. Los hogares abandonados son saqueados por la misma gente de la ciudad debido a la muerte de sus dueños.

Andrea Manquiavacche, contemplaba con horror la muerte de sus padres y a la vez la destrucción de la que había sido su vivienda durante tantos años. En su mente guardaba miles de imágenes terroríficas pero ninguna como la que estaba viviendo en este preciso instante. Corrompido por el dolor, por sus venas corría la sed de venganza hacia la gente que le había hecho daño.

Caminando sin rumbo por callejuelas abarrotadas de cadáveres, llego sin darse cuenta a casa de una amiga de la infancia, en la cual no había pensado durante todo este tiempo. Al no tener adónde ir decidió quedarse, siempre y cuando lo acogieran amablemente y sin compromisos.

No tuvo que pedir siquiera permiso para entrar ya que ella, Fiorela Benedetti, lo recordaba porque se había enamorado profundamente de Andrea.

Le invitaron a entrar y él aceptó sin rechistar. Cuando se dio cuenta ya estaba comiendo con la familia Benedetti.

Sorprendentemente tenían agua y víveres que no estaban ni podridos ni infectados por las ratas, es decir, en perfecto estado.

Al llegar la noche Andrea no conseguía conciliar el sueño debido a lo ocurrido la pasada mañana, y se levantó porque no podía quitarse de la cabeza aquellas imágenes; antes de bajar las escaleras vio a dos hombres sentados en la mesa: uno de ellos el padre de Fiorela, Augustino Benedetti; al otro lado, un hombre vestido de manera muy formal al que Andrea escuchó decir que el baúl que estaba en la mesa contenía unos 50.000 ducados de oro por el trabajo realizado. Andrea, desconcertado, se fue a la cama más confundido que antes, ya que con un trabajo normal era imposible ganar tanto dinero.

A la mañana siguiente Andrea le preguntó a Fiorela si sabía algo del trabajo de su padre. Ella le contestó que trabajaba de artesano aunque ahora no lo hacía debido a la epidemia.

Andrea, confuso por la gran cantidad de dinero que había visto, decidió empezar a investigar sobre los hechos.

Él ya había relacionado el dinero con el buen estado de la comida, solo faltaba saber el origen de tal cantidad de monedas de oro. Mientras tanto, Fiorela, que estaba lavando la ropa, se dio cuenta que aún amaba a Andrea, pero no sabía si él sentía lo mismo por ella.

Llegada la noche, antes de que Andrea se fuese a la cama, Fiorela le dejó una carta anónima bajo la almohada.

Cuando Andrea llegó a la habitación vio un papel que sobresalía bajo el cojín. Lo cogió, lo leyó y, debido a que no había entrado nadie en la casa y sabiendo que no podía ser Augustino, comprendió que la autora de esa carta era Fiorela.

La noche siguiente los dos enamorados se dejaron llevar por la pasión y el amor que había resucitado entre los dos.

Pasada la noche Andrea volvió a pensar en lo sucedido la madrugada en que vio a Augustino con ese hombre. Cuando el señor de la casa se marchó, Andrea entró en el despacho del padre de Fiorela y registró la habitación, donde encontró un papel que le conmocionó y le devolvió las imágenes de la muerte de sus padres. En dicho papel había escrito un encargo para Augustino: éste seria recompensado con una gran cantidad de dinero si llevaba la peste a la gran ciudad de Venecia.

Durante todo el día no paró de pensar en lo que había visto. Finalmente tomó  la arriesgada decisión de comunicárselo a Fiorela. Cuando se lo dijo ella no se lo podía creer y Andrea tuvo que enseñarle el papel que había encontrado en el despacho para poder convencerla. Fiorela, irritada por lo que había visto, recordó algo horroroso: matar a su propio padre sin escrúpulos.La idea era siniestra pero era lo que él había hecho con toda Venecia. Creían que se lo merecía, no se puede jugar con toda Venecia por dinero.

Cuando llegó la noche y Augustino se fue a dormir, Andrea y Fiorela lo ahogaron y después lo abandonaron en la calle pues con tantos muertos era el escenario perfecto para disimular una muerte provocada.

Se sentían alegres porque habían conseguido eliminar al causante de toda esta epidemia y de tantas muertes, como habían sido la de los padres de Andrea, con un crimen perfecto del que nadie se daría cuenta, pero a la vez  estaban aterrorizados porque se habían puesto a la altura de unos asesinos sin piedad.

Al fin los dos enamorados decidieron acabar con su vida tirándose desde El Puente Rialto y ahogándose en el Gran Canal.

Cuenta la historia que los dos cuerpos yacen en el fondo del canal abrazados como dos enamorados.

Aleix V. y Pau M. (2ºA)

EL DESCUBRIMIENTO

Unos doscientos metros cuadrados de su gigantesco huerto eran utilizados para excavar y descubrir tesoros. Tenía una máquina excavadora para retirar la parte superior, y con una pala examinaba más detalladamente.

Un día encontró unos huesos raros, muy ásperos. Eran de un ave.

Creyendo  que había hecho un importante descubrimiento   paleontológico,  llamó a los  científicos de un centro de investigación cercano, los cuales  determinaron,  tras un pequeño análisis  que era una simple gallina.

La    aspereza de sus  huesos se debía a que unas pequeñas bacterias minerales  devoraban los  huesos. Así que,  finalmente, tras el fracaso, decidió plantar    en todo su  terreno.

© GORKA P. (2ºA)

(Imagen procedente de El país)



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